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lunes, agosto 2

Una lucha contra los jugueteos del Tiempo


El Escribidor trabajaba con inseguridad, lentamente y con errores, ejerciendo una absoluta negligencia sobre el poder de sus palabras. Había decidido seguir los pasos de su Padre, el Escritor de la Revolución, sin darse cuenta de que se había atrapado en ellos. La Revolución era un fantasma que vivía en el miedo de la gente, el Padre era un fantasma para su familia, pero el Escribidor era un fantasma en su propia vida porque no lo podía admitir. ¿Qué aspiraciones podía tener un fantasma como éste? Su única arma para perforar al mundo le exigía que expusiera su alma. Sin embargo, este temor podría ser fácilmente removido si cambiara el pasado que tanto le espantaba.

Empezó por resolver este problema de forma superficial, tal vez el temor escaparía una vez fuera escrito, pintado o cantado. Todas estas soluciones encontró, y buscó su alivio efímero pero olvidó encontrar la cura. Dispuso que el problema no era él, sino el mundo. Fue entonces cuando decidió cambiarlo en sus escritos, y creó un universo nuevo. Esta visión comprendía una distorsión de todo aquello que había sentido y visto; pero este cosmos excluía a su autor, como un universo que es negligente con el dios que le creó. Cada vez que lo leía, el Escribidor se daba más y más cuenta de esto, y comenzó a odiar a su propia creación. Con ira y frustración, la disolvió por no existir en ella.

Cuando conoció que su mundo ideal era absurdo, se dio cuenta que miraba a su propia vida como absurda. Con fuerza y determinación, decidió cambiar su propio pasado para cambiarse a sí mismo. Empezó con su niñez, y la muerte de su venerado Padre. Lo rescató del fusilamiento y del olvido. Su familia ahora tenía al Padre en ella, y sus figuras idolatradas estaban definidas. Nunca se había sentido tan completo. Pero El Tiempo se percató de esto, y corrigió su narración. Le dio un Padre importante pero ausente, siempre de viaje en giras de libros, conferencias académicas, asuntos oficiales y con diversas amantes. Y la inconformidad era la misma: deseaba estar a la altura de alguien que no conocía, pero que idealizaba.

Con cierto miedo a la repetición, decidió cambiar su vida una vez más. Narró acerca de la violenta muerte de su madre, para sustituir a la de su Padre. Se envolvió demasiado en los ataques, desgarramientos y últimas palabras de una mujer que deificaría. El Tiempo decidió intervenir una vez más: el Escribidor creció para ser inseguro, ansioso y paranoico; añorando la paz que alguna vez su madre le pudo haber dado. Todo salió de sus manos, y se encontraba ignorando al Padre y sus pasos sagrados, decidió no actuar. Nunca trató de escribir una palabra, y guardó todo el dolor en su mente. Tal inactividad era repulsiva para él, y en medio de emociones encontradas restituyó su pasado actual. Siendo todo como era, decidió dejar de existir en sus narraciones.

El Escribidor decidió que Padre y Madre morirían violentamente y sin conocerse. La Madre, ignorada, sería olvidada por el Tiempo. El Padre, ante la inminente promesa de su fusilamiento, decidió dejar un último legado poderoso y trascendente: escribiría acerca del hijo que nunca tuvo. El Tiempo vio la noble intención, y le otorgó las primeras palabras al Padre: "El Escritor trabajaba con inseguridad, lentamente y con errores, ejerciendo una absoluta negligencia sobre el poder de sus palabras".